El camino de vuelta novela de Janu Huerta

El camino de vuelta, mi séptima novela ya a la venta en Amazon

El camino de vuelta: una historia sobre la memoria, los libros y los caminos que nunca dejan de llamarnos

El camino de vuelta. Nueva novela de Janu Huerta.

Con enorme ilusión presento hoy El camino de vuelta, mi séptima novela.

Cada libro supone un nuevo reto, pero también una nueva oportunidad para explorar aquellas preguntas que me acompañan desde hace años: cómo influye el pasado en nuestro presente, hasta dónde puede llegar el poder del amor, qué papel desempeña la memoria en la construcción de nuestra identidad y cómo los libros son capaces de cambiar el destino de quienes se atreven a abrirlos.

En esta ocasión he querido construir una historia que combina la novela de aventuras con el thriller histórico, el espionaje y el drama familiar. La narración nos lleva desde la Rusia actual hasta la España de la Guerra Civil, enlazando dos épocas muy distintas a través de un misterio que ha permanecido oculto durante casi un siglo.

Todo comienza con un libro. Una antigua edición de Ana Karenina guarda entre sus páginas un secreto que nadie había descubierto. A partir de ese instante, una familia rusa emprenderá un viaje que transformará por completo su vida y que los conducirá hasta la costa mediterránea española en busca de respuestas.

Lo que parecía una sencilla historia familiar termina convirtiéndose en una investigación llena de enigmas, persecuciones, documentos olvidados y personajes cuyas decisiones continúan proyectando su sombra sobre el presente.

Sin embargo, más allá de la aventura, El camino de vuelta habla de personas.

El camino de vuelta de Janu Huerta novela juvenil
Escena de la tercera parte de la novela El camino de vuelta

De familias unidas, de amistades que sobreviven al tiempo y a la distancia, de quienes fueron obligados por la Historia a renunciar a sus sueños y de quienes, décadas después, intentan reconstruir aquello que parecía perdido para siempre.

También he querido rendir homenaje a la literatura. La lectura no aparece únicamente como un entretenimiento, sino como una fuerza capaz de despertar la curiosidad, abrir horizontes y conectar generaciones separadas por miles de kilómetros y casi un siglo de historia. Me gusta pensar que los libros no solo cuentan historias; en ocasiones también las esconden.

Esta novela ha requerido un importante trabajo de documentación histórica sobre la Unión Soviética, la Guerra Civil española, los servicios de inteligencia, la diplomacia de la época y distintos escenarios reales de Rusia y España.

Mi objetivo ha sido integrar ese contexto con naturalidad para que el lector disfrute de una historia emocionante sin perder nunca de vista el rigor histórico que la sostiene.

Después de seis novelas anteriores, sigo escribiendo con la misma ilusión que el primer día. Cada nuevo proyecto representa un aprendizaje y una oportunidad para ofrecer a mis lectores una historia diferente. Confío en que El camino de vuelta sea una de esas novelas que invitan a avanzar un capítulo más, que despiertan la curiosidad y que permanecen en la memoria cuando se cierra la última página.

Esta novela es quizá, de la que estoy más orgulloso y cuya edición más me ha gustado hasta la fecha, gracias al trabajo profesional y eficaz de la empresa: Servicios de escritura JPHC que a cualquier escritor que quiera auto publicarse, le recomiendo sin duda ninguna.

Gracias, como siempre, por acompañarme en este viaje. Espero que disfrutéis de El camino de vuelta tanto como yo he disfrutado escribiéndola.

PUEDES COMPRARLA YA EN AMAZON.

Te ofrezco el primer capítulo de la novela:

CAPÍTULO 1

Cuando llegues por ti misma

Actualidad – Moscú, Rusia

Como solía ocurrirle cada año durante el largo y contundente invierno en Moscú, Taisia había cogido frío. Fingía encontrarse peor de lo que en realidad estaba para poder quedarse sola en casa. Estornudó una vez más y se restregó la naricilla con un pañuelo. Tenía todo el alrededor de la nariz enrojecido de tanto frotarse. Su piel blanquísima era muy sensible.

—¡Menos mal que esta semana no tenemos shooting, princesa! —le dijo Yana, su madre, tocándole cariñosamente la cara.

Taisia tiene once años. Es alta para su edad. Delgada, rubísima y preciosa. Había sido la bebé más bonita del mundo.

A Yana le pidió una buena amiga, que trabajaba en una agencia de publicidad, que llevase un día a la bebé a un casting para un anuncio de pañales y la directora, cuando la vio, decidió que fuese la protagonista. Desde aquel primer anuncio, que Taisia no recuerda aunque lo ha visto muchas veces, ha participado como modelo en decenas de anuncios. No es para ella un trabajo, es una diversión que le encanta, sobre todo porque comparte tiempo con su madre, que es la que la lleva a todos los castings y sesiones de fotos.

—¿Me puedo quedar en casa, mami, por favor? —preguntó la niña con voz melosa, aunque también congestionada.

—No me gusta que te quedes sola en casa tanto tiempo, cariño. Vamos a estar fuera hasta tarde —intervino su padre, que justo entraba en el salón en ese momento buscando algo.

—¡Oh, vamos, Kirill! —terció la abuela Natalia—. No es una bebé. Tiene casi doce años. Sabe cuidarse sola.

Natalia siempre estaba a favor de Taisia. Ella sabía el motivo por el cual quería quedarse sola en casa y no le parecía mal. Natalia confiaba en la madurez e inteligencia de su nieta.

Natalia es la abuela de Taisia y de su hermanito Akim, de seis años. La madre de su madre no les parece a los niños una abuela como las de los demás.

Natalia es mucho más joven, mucho más guapa; es vivaz, activa y simpática. La mayoría de las abuelas de sus amigos son muy mayores y están siempre enfurruñadas y corrigiendo a los nietos, y tampoco tienen tanto contacto con ellos como tiene Natalia con los suyos. Taisia y Akim ven a su abuela todas las semanas varias veces. Los fines de semana, por supuesto, pero muchas veces, un día cualquiera en medio de la semana, aparece a cenar con Anfisa, la hermana de Yana, mucho más pequeña, porque, según dice, les echaba mucho de menos. A Taisia y Akim les encanta su abuela y quieren muchísimo a su tía Anfisa. Las dos son, como sus padres, una presencia constante en sus vidas.

—Bueno —concedió Kirill, dirigiéndose a su hija—, si no te encuentras bien y a la mamá le parece bien, quédate en casa, pero te vas a perder la demostración de Akim.

—Es que… —dijo la niña con la voz tomada por la emoción y a punto de echarse a llorar— me da mucha pena ver a Akim pelearse.

—Pero, Taisi, no es una pelea de verdad. Es como un juego, como un baile, ¿sabes? No me hago daño, te lo prometo.

Akim, al ver a su hermana emocionarse, había corrido a abrazarla y tranquilizarla. Aunque algunos hermanos no se llevan bien entre ellos, Taisia y Akim siempre han estado muy unidos. Taisia adora a su hermanito y, para Akim, ella es una princesa de cuento.

—El judo —quiso aclarar su padre, que estaba muy orgulloso de que Akim practicara ese deporte— es un arte marcial, no una pelea. Se trata de inmovilizar al adversario utilizando su propia fuerza.

—Vale, tío —intervino Anfisa, que se había sentado en el sofá junto a Taisia y le acariciaba el larguísimo pelo—. Tienes razón, pero es verdad que da un poco de miedo ver a Akim tan pequeño hacer esos movimientos tan bruscos.

—¡Yo no soy pequeño!

Akim era pequeño para su edad. No es que tuviera ningún problema; simplemente, no había llegado el momento de crecer. Como su hermana, era un niño muy guapo, rubio, de grandes y luminosos ojos azules, delgado y todavía bajito. Su padre, Kirill, que había sido judoka en su juventud, había querido que su hijo practicara ese deporte, convencido de que lo ayudaría a desarrollarse más sano.

Yana, que no tenía ningún interés en que su hijo pequeño creciese antes de tiempo, anticipando el berrinche por el mohín disgustado de su carita, lo cogió en brazos y lo acarició, tranquilizándolo.

—¡Pues claro que no eres pequeño! Seguro que hoy lo haces genial en la competición, mi amor.

Una vez tranquilizado Akim, se dirigió a su hija, que, recostada en el sofá y atendida por Anfisa, se hacía la enferma. Yana, que conocía muy bien a su hija, sabía que no le pasaba nada serio. Esos constipados eran una constante en su infancia, pero entendía que, con casi doce años, la adolescente quisiera tener algún tiempo para sí misma.

—Si te encuentras mal, cariño, me parece bien que te quedes en casa. Volveremos para cenar. Si te encuentras peor o necesitas cualquier cosa, me mandas un mensaje y venimos, ¿vale?

—Claro, mami. Gracias.

Y, dirigiéndose a su hermano, lo abrazó.

—Pásalo muy bien, Akim. Te quiero.

—No será lo mismo sin ti, Taisi.

Aquello entristeció un poco a la niña y la hizo sentir culpable. Sabía que para su hermano era importante su apoyo, pero ciertamente sufría viéndolo en el tatami, por mucho que fuese un juego, y quería quedarse en casa.

Finalmente, todos se marcharon. Ni Yana ni Kirill advirtieron a su hija sobre los numerosos peligros que podían acecharla porque la conocían bien. Era una niña responsable e inteligente que no se pondría en peligro.

Cuando Taisia estuvo al fin sola en el piso familiar, tuvo unos instantes de remordimientos. No le gustaba contrariar a sus padres, mucho menos desobedecerlos. No tenía razones para ello; ni Kirill ni Yana solían imponerles nada a sus hijos sin darles buenas explicaciones. Solo en ese tema tenía Taisia problemas para obedecer.

—Lo podrás coger cuando llegues por ti misma, hija. Mientras tanto, no.

Eso le dijo su padre, muy serio, la última vez que discutieron a cuenta de ese tema. Eso fue unas cuatro semanas antes, cuando se despertó en mitad de la noche y lo cogió. Al final se durmió y, a la mañana siguiente, Kirill la pilló.

Desde entonces no había podido dejar de pensar en la pobre Ana, que le despertaba sentimientos contradictorios. Imaginaba a Karenin cuando Ana le confesase que se había quedado embarazada de Vronski y que lo amaba. ¿Cómo va a poder perdonarle esa gran traición? Si ella fuese Karenin, no lo haría; eso ha decidido, aunque al principio era proclive a perdonarla. Todo con Ana es así: le hace pensar una cosa y, poco después, la contraria. Tiene el corazón en un puño.

Taisia ama la lectura y no sabe el motivo por el cual lo hace. La mayoría de sus amigas solo leen lo que es obligatorio del colegio, pero Taisia lee por placer, porque descubrir la vida y el mundo a través de las páginas de un libro le resulta maravilloso.

Taisia no vive solo en los libros. Su madre le regaló un iPhone cuando cumplió once años y le encantan Instagram y las demás redes sociales. Tiene varios perfiles en los que publica las sesiones de fotos de sus trabajos como modelo. Su madre le revisa el terminal cada día y eso no le importa; lo entiende, aunque un poco le molesta no ser lo suficientemente mayor para poder gestionar sola sus cosas. Su padre le explicó vagamente que había algunos peligros en las redes sociales en los que ella podría caer sin darse cuenta, así que aceptó de buen grado que sus padres le supervisaran. Hasta se siente más segura. Lo que le fastidia de verdad a Taisia, y mucho, es que sus padres no le dejen leer lo que ella quiera. Eso la pone de muy mal humor y es fuente de los pocos conflictos que tienen.

Cada viernes, Yana le compra un libro a su hija y se lo da cuando va a recogerla a la escuela. Un precioso libro ilustrado de príncipes y princesas, de dragones, ranas y perritos encantadores. A la niña le duele discutir con su madre, pero es que no quiere leer eso. Esas son lecturas de niños muy pequeños; a ella hasta le ofende que le ofrezca esas lecturas. Quiere leer tramas un poco complejas, que tengan acción y, sobre todo, mucho amor. Le gusta y le entristece cuando hay alguna muerte y le encanta que el vocabulario sea complejo y la obligue a buscar palabras en el diccionario online de su iPhone.

En secreto, la niña se ha leído casi todos los libros de sus padres. En el salón de casa hay una estantería con un montón de libros y ella, poco a poco, se los ha ido llevando a su habitación y leyéndoselos en secreto. Al final, como casi todo lo que se hace a escondidas, se terminó sabiendo cuando una mañana su padre fue a despertarla y ella se había dormido con el libro de Tolstói entre las manos. Se trataba de una lujosa edición del clásico de la literatura rusa Ana Karénina.

—¿Qué es esto, Taisi? —le preguntó Kirill a la niña mientras recogía el libro que se le había quedado sobre la cama.

—Papi… Es que… Me aburren los otros libros y…

—Te entiendo, princesa. No eres una niña pequeña, pero estarás de acuerdo en que aún no eres mayor tampoco. Ni la mamá ni yo te prohibimos nada. Si no queremos que leas los libros para adultos es por tu bien, no porque queramos ocultarte algo.

—Pero, papá, ¿qué puede haber de bueno para mí en no leer algo que me gusta y, en cambio, leer libros aburridos?

—Te lo explico, Taisi. Nuestra cabeza, nuestra mente, se construye poco a poco y lo que con cinco años entendemos de una manera no lo comprendemos igual con diez, con veinte o con treinta años. La razón por la que preferimos que no leas libros para adultos es que, aunque eres una niña inteligente y capaz, cariño, todavía no eres una adulta y seguramente haya cosas que se cuentan en esos libros que tú no interpretes del modo correcto.

Entonces la niña, todavía medio dormida, pensó en la historia con la que se había acostado la noche anterior y le dio la razón a su padre. Ella no entendía del todo a Ana Karénina; no entendía cómo pensaba ni por qué hacía lo que hacía, pero, aun así, deseaba con todas sus fuerzas saber qué más ocurría con ella.

—¿Y cuándo podré leerlo, papá?

Ahí fue cuando su padre le dijo que podría leer el libro cuando alcanzase a cogerlo por sí misma. Todavía faltaba mucho para eso, porque el libro estaba todo lo alto que podía estar, en el estante superior de la estantería del salón. Necesitaba una escalera para poder llegar hasta él. Su padre no le había prohibido explícitamente leer ese libro u otros, pero sí le había dicho con claridad que preferiría que no lo hiciera.

Muchas adolescentes de su clase tenían conflictos bastante enconados en sus casas, con sus padres y sus hermanos. Taisia lo sabía porque de eso hablan en el recreo. A ella no deja de sorprenderle la relación tan buena que tiene con su familia. Claro que algunas veces discuten un poco, pero por cosas pequeñitas y sin importancia, como la comida o la ropa; nada en comparación con lo que sus amigas le cuentan. Tal vez por esa buena relación que tienen, a Taisia no le gusta hacer algo que sabe que disgusta a sus padres, pero el interés por saber cómo termina la historia de Ana es más fuerte y, por eso, ha decidido quedarse en casa esa tarde.

Baja el libro con cuidado de la estantería utilizando una escalera y, allí mismo, en el salón, a la mortecina luz de la tarde que entra por el balcón, tamizada por las finas cortinas, la niña se sumerge en la intriga y la descripción de las fiestas de alta sociedad en San Petersburgo.

Taisia quiere leer una hora y media, tal vez dos, pero no más. Así dejará el libro en su sitio y no tendrá que ver en su padre una cara de decepción. La niña quiere parar, pero no es tan fácil cuando una disfruta tanto de la lectura como lo hace ella. Así que continúa leyendo durante tanto tiempo que la luz natural desaparece y tiene que encender todas las lámparas del salón.

Tan ensimismada está en la lectura que no escucha que alguien está abriendo con suavidad la puerta del piso.

Va a pasar la página que acaba de terminar de leer cuando nota, sorprendida, que esa página es más gruesa que las anteriores. No tarda en darse cuenta de que está pegada a la siguiente y pone el libro en alto para poder ver, a contraluz, las letras superpuestas unas a otras. En eso está cuando alguien irrumpe en el salón, dándole un susto de muerte a la niña.

—Mi ratoncito de biblioteca… —dice Kirill sonriendo—. ¿Tanto te gusta esa historia?

—Sí, papá, pero…

—¿Sabes, Taisi? —la interrumpe Kirill, al que siguen los demás—. No te lo conté el otro día, cuando te dormiste con el libro en las manos, pero justo este libro tan bonito es muy especial para la familia Bogus. Es una herencia familiar de vuestro bisabuelo Stiva.

—¿Quién es Stiva? —pregunta Akim en ese momento, sorprendido.

—Os he hablado muy poco de él, porque… En fin, porque…

—Es peligroso —concluye Natalia.

Aquella afirmación, lejos de contener el interés de los niños, lo azuza, y ambos se lanzan a preguntarle a su padre quién era ese bisabuelo desconocido y por qué es peligroso hablarles sobre él.

—Mi abuelo Stiva, el padre de mi padre, vuestro bisabuelo, fue… —comenzó Kirill con evidente dificultad.

—Lo mataron —dijo Yana.

—¿Lo mataron? —se extrañó Taisia.

—¡¿Quién mató a tu abuelo, papá?! —se preocupó Akim.

—Mirad, vamos a hacer una cosa. Cenamos y luego hablamos, ¿vale? —dice Yana para relajar el ambiente.

—Pero una cosa, papá —dice Taisia—. Aquí, en el libro, hay algo metido entre dos páginas.

Eso parece atraer la atención de todos, en especial de Kirill. Taisia le explica cómo se ha dado cuenta del grosor de las páginas y Kirill, mirando a trasluz, ve lo mismo que su hija había visto antes: un papel atrapado entre las dos hojas del libro.

Primero el hombre intenta separar las dos hojas con cuidado, pero no es posible porque están muy bien pegadas. Al cabo de un rato, cuando comprueba que no hay otro remedio, para gran disgusto de su hija arranca las páginas del libro y libera un trocito de viejo papel.

—Increíble… —dice Kirill, sacando su teléfono del bolsillo y buscando algo.

—¿Qué es increíble, cariño? —pregunta Yana.

Kirill tarda un poco en contestar.

—No me lo puedo creer. Es alucinante… —dice, mirándolos a todos—. ¿Os gustaría que fuésemos este verano a España?

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